La ilegalidad literaria

La ilegalidad literaria

En una primera lectura, la literatura es  “ilegal”: consciente y concretamente se instala fuera del razonamiento jurídico de la realidad, alejada de lo que “debe ser” y de la forma en que debe ser.  Esa es la premisa de la que parte Claudio Magris en su último ensayo “Literatura y derecho. Ante la ley”.

Negar la obligación colectiva, generalmente impuesta por los poderosos, y apostar por la libertad individual. Esa negatividad no implica, por supuesto, la anarquía: la creación literaria obedece a su propia –secreta y cambiante- legislación, y ésta le reclama principalmente la fidelidad a la intangible e inestable circunstancia de la literatura. El carácter ilegal no sólo se manifiesta en la conducta heterodoxa, pública o privada, del quehacer literario, sino en su relación con el lenguaje y con la gramática (una suerte de legislación lingüística). Ante la conducta rectora (y correctora) del lenguaje, la rebeldía individual del poema o la devastación de la virtudes morales de la novela. Muchas veces escribir significa darle la espalda al mundo y sus obligaciones.

De la “Antígona” de Sófocles a la “Antígona” de Brecht, muchos personajes de ficción han encarnado comportamientos opuestos a las leyes positivas, representando valores o ideales “trascendentales”.

En una nueva vuelta de tuerca, la literatura ha partido de lo individual para llegar a lo universal. La acción de uno invoca –provoca- la liberación o la perdición de muchos. En una segunda lectura, la ilegalidad literaria se vuelve sospechosa. Magris ilumina las constantes relaciones entre derecho y literatura, y lo hace partiendo de una distinción anterior y tácita: la diferencia entre derecho y ley. En un arriesgado resumen, el primero sería la libertad para actuar o no actuar; y la segunda, una obligación determinada muchas veces por coyunturas que muy pronto pierden vigencia (la ley se instala donde ha habido o puede haber un conflicto). Buena parte de las grandes obras de la antigüedad (desde algunos de los relatos bíblicos hasta la literatura bucólica y las fantasías utópicas) se instala en un punto anterior al imperio de la ley. La poesía, sostiene el ensayista italiano, rechaza la ley y busca –como la vida, como el amor- la gracia. Enemiga de la abstracción, la literatura antepone, vía la ficción, el derecho a la ley.

En la antigüedad, juristas y teólogos se basaron en textos literarios para escribir leyes, decálogos y parábolas, algunos de ellos, incluso, fueron grandes poetas. En la modernidad, la elaboración del concepto de Estado se basó en el rechazo al derecho natural de corte divino (que imponía leyes universales y atemporales) y en una complicada mezcla de abstracción e historicismo, sin poder llegar nunca a un término medio. Entre la idealización universalista de la Ilustración y el localismo pasional del Romanticismo (que llegó, en su extremo, al nacionalismo de los regímenes totalitarios del siglo XX), algo se perdió o se tergiversó.

En nuestra era, “postmoderna y global”, la tendencia a anular la función del Estado vuelve aún más problemática la relación entre derecho y ley (y también entre ambos conceptos y la literatura: silenciados o condicionados muchos espacios para la creación y la reflexión, el quehacer literario parece más cercano al espectáculo o la publicidad). El derecho parece difuminarse ante una multitud de gestos automatizados; la ley se impone globalmente, pero como sustento de procesos que cada vez dejan de tener relación con lo público (intereses privados y especulativos). Una tercera lectura nos revelaría que, en la actualidad, precisamos que la literatura vuelva ser ilegal, que las nuevas creaciones encarnen conductas alternativas e insumisas ante el poder, el lenguaje y demás factores que determinan hoy nuestras vidas. Tal vez ese eslabón perdido entre la abstracción absoluta y el historicismo apasionado se encuentra en lo literario. No sería novedad: la literatura revela lo individual y proyecta lo universal; expresa la diferencia; apela a ciertos derechos universales y denuncia la falencia de otros, en una actualización constante de sus definiciones; en ella se vislumbran al otro, a la otra, y su cercanía. Tal vez, quién podría afirmarlo, ha llegado el momento no de poner a la literatura ante la ley, sino a la ley ante la literatura.

ESCRITO POR VÍCTOR BARRERA ENDERLE