Fotografia de Spencer Tunick

La creación y lo cotidiano

He pasado las últimas semanas tratando de orientar un ensayo sobre la relación entre vida y literatura. Asunto  trilladísimo, lo sé; sin embargo creo que no se ha agotado, al menos no de manera total.

 El debate podría concentrarse, en primera instancia,  en una disyuntiva: ¿la creación es parte de lo cotidiano, es decir, surge del día a día o, por el contrario, es un momento de desconexión entre la vida y el arte? Cientos, miles de páginas nos hablan del momento de  inspiración: un instante de arrobamiento en que todo se ilumina (o se oscurece, según el temperamento del creador). Epifanía estética y verbal. Otros testimonios aseguran que la creación es el resultado de la disciplina, de sentarse ante la mesa de trabajo de nueve a cinco, ordenando notas e ideas, registrando avances y retrocesos. Sería inútil imponer una visión sobre la otra, pues lo cierto es que, bajo circunstancias especiales, las dos parecen funcionar. En todo caso, ambos procedimientos comparten un fin: la creación de un objeto estético, independientemente de los azares de la vida diaria.

Lo curioso viene de un tiempo a esta parte. Tengo la impresión de que una  buena porción de la producción literaria reciente es consecuencia de trabajar a la inversa: utilizar a la obra para pregonar una vida particular, para volverla especial. No es la vuelta a la figura de autor; sino la conversión del autor en personaje. Lo interesante, en esta lectura, no sería el objeto creado, sino  quién lo creó. De ahí, los afanes por mostrarlo como alguien peculiar, agigantando sus virtudes o defectos (o trasmutando los defectos en virtudes). Creación como medio. No censuro el tratamiento literario de la vida personal, esa dimensión ha estado presente siempre en la literatura, sólo señalo una tendencia. Hace varias décadas, Michel Foucault hablaba del nombre de autor como una función que repercutía en el discurso literario. Pero esa resonancia provenía primero de una producción que la sustentaba: Marx, Freud y Kafka tuvieron que escribir lo que escribieron para que sus nombres funcionaran como un calificativo. Hoy parece ocurrir lo contrario: se busca crear primero el nombre de autor antes que la obra.

El fenómeno es más patente en la narrativa.  Un abuso de la autorreferencialidad colma las páginas de la novelística actual. Desde la introspección más impostada hasta las crónicas viscerales  hechas por  las hordas de imitadores de Charles Bukosky. ¿Es imposible inventar un universo distanciado de los estrechos y muchas veces  aburridos límites del “yo”? Me dirán que esa es la norma actual, el sino de nuestra literatura. No me confío. Me parece, más bien, el síntoma de una carencia, o más bien: la consecuencia de las nuevas fuerzas que impulsan la vida literaria. Los autores deben ser los principales promotores de sus obras. Deben provocar, incitar y vender. De ahí tal vez esas patéticas polémicas falsas que pueblan los suplementos culturales de las principales ciudades hispanoamericanas: parricidios lastimeros, debates inflados sobre descripciones, temas y tratamientos, negaciones de la función de la crítica, y un largo etcétera. De ahí también la obsesión por aportar todos los datos biográficos de estos “protagonistas”  para que ningún historiador literario pierda alguna pista sobre los escritores de hoy.

Supongo que es hora de volver a mi ensayo y tratar de enfocarme en lo sustancial: la obra y sus múltiples significaciones. No dejo de pensar, sin embargo, que tal vez esa tendencia termine por alejar a los pocos lectores que quedan: ¿para qué molestarse en invertir horas de “lecturas literarias” cuando pueden obtener el mismo resultado pasando media mañana revisando sus redes sociales en Internet?

PUBLICADO EL LUNES, 21 MARZO 2011
ESCRITO POR VÍCTOR BARRERA ENDERLE