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Enciclopedia de la ignorancia

Por Edison Otero

La tentativa de resumir o sintetizar todo el saber disponible de una época ha sido un antiguo ideal. Aristóteles, que escribió sobre muchísimos temas, está seguramente entre los primeros que intentaron un esfuerzo abarcador en materia de conocimiento. En los tiempos modernos, nada representa mejor ese propósito como la Ilustración y la famosa Enciclopedia, cuyos responsables fueron el filósofo y escritor Diderot (1713-1784) y el matemático D’Alembert (1717-1783).
La primera edición completa de La Enciclopedia incluyó 28 volúmenes y los autores se tomaron algo más de 20 años en completarla, entre 1751 y 1772. Una de sus novedades era la incorporación de muchas láminas, las que preferentemente reproducían tecnologías recientes. Sin duda, la Enciclopedia era la expresión material de una convicción característica de los ilustrados, aquella según la cual la divulgación del conocimiento aseguraba el desarrollo económico y social, fortalecía las luchas en favor de las libertades individuales y civiles, y permitía la progresiva desaparición de la ignorancia y la superstición que siempre le acompaña como la sombra a la luz. La continuidad de este ideal se manifiesta igualmente hasta el siglo XX y su ejemplo más característico es la Enciclopedia Británica, cuya primera edición data, precisamente, del mismo siglo de la obra monumental de los filósofos ilustrados franceses. A mediados del siglo pasado, la Enciclopedia Británica reunía a más de cuatro mil expertos que contribuían en su redacción y a cien editores a tiempo completo.
Por cierto, nada hay de condenable en semejante ideal, más no sea por el generoso propósito de que el conocimiento sea un bien público y no el disfrute cenacular de minorías esotéricas, teológicas o tecnológicas. Es tal el aprecio que tenemos por el saber y su acumulación que, incluso, cedemos a la tentación actual de hablar de una “sociedad del conocimiento”. Sólo que, como todas las cosas de este mundo, el asunto tiene una cara y un sello. La cara es, sin duda, la conversión progresiva del saber en un bien consumible por la mayor parte posible de la población humana, propósito que, no obstante, está muy lejos de obtenerse. El sello es, precisamente, el peligro de la vanagloria, la tentación de un orgullo que tiene sus propias trampas.
Porque, como si fueran hermanos gemelos, el conocimiento va siempre acompañado de la ignorancia. De ahí la importancia de hablar desde la ignorancia y no desde el conocimiento. Para que esta afirmación no resulte confusa, se trata, simplemente, que lo que sabemos es siempre mucho menor que lo que ignoramos, no importa el ámbito al que nos refiramos. Fue lo que llevó a Isaac Newton (1643-1727) a reconocer que sus aportes lo hacían sentirse como un niño jugando en la playa con algunos granos de arena, mientras delante suyo se abría un inmenso océano por conocer. Si consideramos que Newton fue, seguramente, uno de los hombres más brillantes de todos los tiempos, sus sentimientos marcan un límite a la soberbia y dejan hablar a la humildad intelectual.
Es lo que me hace preferir, entre muchos otros, cierto libro en particular. Su título es “Enciclopedia de la ignorancia”, publicado en inglés en 1977 y traducido al español en 1987. Recuerdo la impresión que me produjo el título. ¿Cómo era posible resumir o sintetizar lo que no sabemos? Pero, sofisticaciones más o sofisticaciones menos en la especulación, la idea misma era un indicador de sensatez. Si bien podemos enorgullecernos todo lo que queramos de nuestros conocimientos, debería ocurrir siempre sin perder de vista el océano de la ignorancia que nos rodea. Por lo demás, como ha sido reconocido, no debiéramos siquiera vanagloriarnos de la multiplicación periódica del saber. Para una variedad de mentes agudas actuales, nuestro saber ha entrado en un ritmo de rendimiento o significación decrecientes.
Dicho de otro modo, sabemos muchísimas cosas, pero demasiadas entre ellas resultan simplemente irrelevantes. No les alcanza todavía para conformar esa masa crítica que hace cambiar en profundidad nuestras maneras de pensar y actuar. Una sana recomendación espiritual consiste, en consecuencia, en hojear la “Enciclopedia de la ignorancia” de vez en cuando y antes de dormir, de modo de tener sueños sin delirios de grandeza.