Efraín Barquero, poeta sentado a la mesa

Efraín Barquero, poeta sentado a la mesa …

“…al regocijarnos con la comida y la bebida comprendemos por un segundo lo eterno / lo más inexplicable”.

Efraín Barquero, “El pan y el vino” (2008).

Efraín Barquero (Piedra Blanca, Curicó, 1931) proviene de una familia asentada en zona campesina, es un poeta del Maule, se crió entre vides y arados, su verdadero apellido es Barahona y se hizo Barquero ya de joven, cuando se descubrió poeta. Efraín sabe muy bien cómo huele el pan recién horneado, qué sensación te deja en la boca la leche fresca, sabe que hay trabajo inagotable detrás de cada cosecha, que la vida es dura y el autosustento no es quimera new age, sino realidad obligada. Su biografía está en Internet; también hay samples de sus textos en su web personal (www.efrain-barquero.net).

Dentro de la poesía chilena, sigue cultivando un bajo perfil. Viajero del mundo por convicción y por obligación, a punta de humildad crece como gigante, como poeta universal. De su obra, es poco lo que se puede encontrar en librerías –salvo los libros editados por Lom–, y de su producción anterior hay libros descargables en el espléndido sitio de Memoria Chilena (www.memoriachilena.cl). En 2008, se le otogó el Premio Nacional de Literatura y saltó a la palestra. En las librerías consultadas, en un ingrato Santiago de Chile, ese día nadie preguntó por libros de Efraín Barquero

Y así como es fácil encontrarlo en Google, difícil resulta sondear su simpleza, su  palabra directa, su canto sincero. Barquero comulga con la belleza de las cosas simples y cotidianas, y su verso libre de grasa y de artificios –libre de gastronomía, queremos decir– se deja leer suave, se mastica lentamente y proporciona un innegable sabor de boca que refresca, reconforta.

En “La piedra del pueblo” (1954), su primera obra publicada, Barquero muestra sus armas y los fundamentos de su arte poética: “Estoy lleno de símbolos de carne y hueso, / y mi canto es una fábrica terrestre / donde los versos padecen y se afanan / con la misma intensidad que los hombres. // Mi poesía nace de una dura jornada, / y es producto conmovido del tiempo / que conoce el sinsabor de los pobres / sometidos por una vida injusta”.

Su postura como poeta de la llamada generación del 50 es claramente ideológica, pero el tiempo dejará cicatrices que se borran con migas de pan, y su convicción de encontrar la definición de un hombre en lo que dura una jornada, se comenzará a hornear.

Palabra clave

El pan es una especie de mantra de su obra. Se percibe a lo largo de su producción poética como alimento, como objeto de unión o separación entre los hombres. El pan como comunión, como eucaristía social, encuentro. El “pan” como palabra atraviesa la obra de este poeta, A ratos parece una tautología, una majadera imagen, un recurso. Pero la aparente simpleza siempre nos resulta sospechosa y, por lo general, esconde o custodia algo más.

En su poema “El pan”, de “El pan del hombre” (1960), canta: “El pan fino, el pan injusto, el pan / que encuentran otros con sólo perfumarse las manos y ponerse un mágico anillo de piedras preciosas, / arrancándolo como por encanto de distracción o de robo / del canasto descuidado de la tierra atareada”. En este caso, el pan como objeto se llena de una carga social y es elemento que distancia, que separa. Habrá que pensar que pan es también un efecto de poeta, porque tendrán que pasar algunos años para tener una versión de los que es para Barquero el alimento.

En “Arte de vida” (1971), una autobiografía, el poeta ya centra su observación en la magia de un comedor ocupado, en la turbulenta energía de hombres que se encuentran en comunión universal. Se nos muestra, esta vez en prosa, un espacio tan evidente que obviamente está sumido en un misterio insondable. La misión del poeta será entonces develar esa fuerza, esa energía del alimento que une la tierra con el hombre. La epifanía se produce. El poeta, esta vez, narra:

“El comedor, el sitio por excelencia abierto a  todos, no sé por qué se me antojó más secreto que ninguno; secreto como los frutos que permanecían a toda hora sobre la mesa, dispuestos por manos invisibles, por manos que nunca se hacían nombrar y que nunca revelaron su presencia.

Ahí vi comer a los hombres, levemente inclinados y unos frente a otros, como reconociéndose, como tratando de aprenderse. El pan o el vino que de cuando en cuando se llevaban a sus bocas no hacía más que reavivar este conocimiento”.

Pan como deidad y como humanidad.

De la misma forma en que “pan” es un fonema que nos podría llevar por vericuetos de la poesía lírica, hay que entender que también es un artilugio divino en la medida en que está conectado con las manos que los fabricaron y la relación de éstas con la naturaleza. El espíritu de este alimento se advierte en “La mesa de la tierra” (Lom, 1998), donde Barquero vuelve a retomar su lenguaje coloquial y cotidiano, vuelve a susurrar sus versos en “el viejo idioma del pan”. Literal y poéticamente, con esta entrega de poemas nos invita a su casa de palabras en “La mesa servida” (1998):

“Huelen las casas amadas a la limpieza de su mesa

Y está servida en esa espera agrupada del árbol

Que nadie puede recordar ni tampoco olvidar

Porque todo lo que existe nació  a la misma hora

Y el punto invisible que guía a las abejas

Han puesto el pan y el vino a nuestro alcance.

Para que siempre te acuerdes al extender la mano

Que estás tocando la mano de todos los hombres”.

Se produce el encuentro, el mismo que recoge la observación de “Arte de vida”, pero esta vez el alimento te conecta cosmológicamente con la humanidad entera. El alimento te hace uno con todos los seres, y este conocimiento incomunicable –místico, si se quiere– el poeta es capaz de transmitirlo en otro poema del mismo libro: “Trueque sagrado” (1998). “Se reconciliaron y comieron juntos / gustando la comida, celebrando ese día. / Porque lo primero que hicieron al sentarse fue coger el cuchillo de mesa / y morder el hierro para quitarle su sabor amargo/ antes de mezclarlo a los alimentos sin mezcla / que nacieron del primer pacto de sangre”.

Diez años después, el poeta retoma su tema favorito, y esta vez ya puede jugar a los brindis intercalados con bocados. En su último libro, “El pan y el vino” (Lom, 2008), más que la literal sugerencia de su título, devela un ejercicio de contrapunto de textos de temática universal, típicas del mundo de Barquero, con visiones a contrapelo, en otro tiempo, con dos hablantes, un dueto de pan para el cuerpo y brindis de vino para el espíritu.

En este juego de duplicidades de sólidos y líquidos, Barquero recoge dos figuras, dos formas de alimentarse como alegorías, como momentos eternos que se suscitan en este espacio acotado que es la mesa, con los recurrentes fonemas-palabras que recorren el repertorio de su obra (“cuchillo”, “vaso”), que nos comunican, tienden portales para acceder a ese universo infinito que se sienta al frente, ese otro universo que es el otro. La distancia se va borrando con el codo, entre salud y salud en esta mesa de vida, donde el alimento-palabra, el alimento-poema y el alimento-pan son la misma cosa y una sola.

“Cuando comes solo / el primer bocado permanece en tu boca durante toda la comida / al comer solo te sientes culpable de estar vivo / como si el pan fermentara en tu cuerpo pidiéndote el más antiguo tributo de la tierra / como si el vino se embriagara en ti sin transformarte”.

Barquero se puede sentar a la mesa solo, a reflexionar, a dar paso al Barquero hombre que mastica y piensa al mismo tiempo. Pero que añora al cómplice ausente, en el espejo que es cada uno. La soledad opaca el brillo de estos momentos, desluce el candor de la vida, vuelve insípidos los sabores, saca a Dionisio y a todos los dioses de la bebida espirituosa. La única salida que propone es brindar y comer con un otro, y si es con un amigo, tanto mejor.