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CURIOSA CULTURA

UNA CURIOSA DEFINICIÓN DE CULTURA.

Por Edison Otero

A  veces, y en ciertos respectos, las épocas se parecen entre sí de manera indesmentible. Me remonto a los 60 -segunda mitad de esa década-, cuando una izquierda segura de sí empleaba la cultura como consigna. El frente de la cultura era una de las plataformas preferidas de la movilización política.

Pero no era la cultura en sentido amplio y abarcador. Se trataba, en lo fundamental, de música, teatro y cine, novela y pintura, y la consigna era que los “trabajadores” de la cultura representaran los problemas y los anhelos del pueblo. Se trataba de una cultura militante.

Siempre me llamó la atención que las ideas, la filosofía, el pensamiento crítico, no tuvieran figuración o presencia significativas. Y la razón de ello residía en la convicción de que las ideas que se requerían estaban y no había necesidad de otras. Para los menos exigentes, Marx; y para aquellos un poco más, Roger Garaudy, Frantz Fanon, o el Jean Paul Sartre de “Los caminos de la libertad”. No estaban los tiempos para el lujo de sutilezas teóricas o especulativas. Las trincheras mandaban. La quena remplazaba a las ideas.

Y aunque los tiempos que corren hoy entre nosotros ya no tienen ese romanticismo doctrinario confiado y seguro de sí mismo, la cultura vuelve a ser convertida en consigna y, lo que es más inquietante aún, en cultura oficialmente sustentada. Este respaldo institucional se entrelaza con la maraña de las redes de intereses partidarios capaces de influir en el otorgamiento de fondos o premios. Pero esa es historia vieja, vuelta a repetir una y otra vez. Lo que más llama la atención es la demarcación peculiar de qué se entiende -o debe entenderse en la actual coyuntura- como cultura. Una vez más, la cultura resulta ser representada por actores -particularmente, de telenovelas- y músicos y por un indiscriminado universo de artistas (incluyendo a todos los que escriben novelas de cualquier tipo). Toda teleserie, novela, poesía, canción, por el solo hecho de ser los productos que son, se convierten de inmediato en cultura, proceso de mimetización complementado por una crítica complaciente, casi una anti-crítica.

La muestra más representativa de este facilismo que otorga credenciales a destajo y sin discriminación es la popularización de la opera prima. Se trate de directores que se inician, de poetas en estado larvario o de novelistas en ciernes. No importan las trayectorias, las maduraciones, la adultez de la creación; bastan las buenas intenciones. El fenómeno se ve reforzado por la ausencia sistemática de disposición a estructurar estándares de calidad para distinguir lo mediocre de lo que supera las medianías. Si a esto le agregamos una singular apología permanente de la emoción -se trate de relaciones personales, instituciones o gestiones gubernamentales- todo gira en un sinfín de ocurrencias antojadizas.

Como en los 60 (es un curioso parecido), el espacio para el debate inteligente, la discrepancia de ideas, la crítica argumentada, la reflexión afinada y constante es equivalente a cero. El ensayo, como género, es un pariente pobre al que se mantiene distante, lo más alejado posible. En una atmósfera vacía de ideas, se cuece una sopa de arte indefinido, cultura a ras de suelo, improvisación e irreverencia formales carentes de contenido, y ajusticiamiento público de cualquier cosa que se parezca al mérito. Es la cultura posible en una sociedad que rinde pleitesía incondicional al mercado y cuyos grupos dirigentes no tienen otro norte que mantener el poder (o aspirar a él cuando no se lo ha tenido por algún tiempo).

De ahí la popularidad de la farándula. Porque ella se convierte en la unidad de medida. No se trata de rasgar vestiduras porque haya farándula. Siempre ha de haberla. Ninguna sociedad puede eximirse de su dosis de circo. El problema es cuando no hay mucho más que farándula, y ésta dicta referencias y cánones de que lo se considera talento, inteligencia y estilo. La vara mide desde la mediocridad hacia abajo, no hacia arriba. La palabra cultura se convierte en concepto todo-terreno, aplicable a cualquier cosa que pueda ser usada en estilo farandulesco, pero también un concepto vacío. En suma, un perfecto fraude.