Marcela Serrano

Cuando las letras pueden hacer gritar a las mujeres. Entrevista a Marcela Serrano

En 2007, Marcela Serrano llevaba un año viviendo en Chile tras su paso por México (6) y Argentina (1) en su calidad de esposa del entonces embajador Luis Maira. En ese momento había publicado“Hasta siempre, mujercitas”, pretexto que dio pie para esta conversación.

–¿Cuál es la diferencia motivacional que tuviste para escribir tu primera novela y esta última, donde las protagonistas también son cuatro mujeres?

“Sin duda, la motivación de mi primer libro estaba relacionado con las mujercitas de Alcott, lo que pasa es que yo no lo enfrentaba directamente, era una influencia inconsciente. La diferencia es que no había tronco común entre esas cuatro mujeres, que venían de mundos muy distintos y que se encuentran por una razón laboral en la adultez. Esta vez me fui a la novela primigenia. Quería el tronco común, quería el lazo sanguíneo, quería la infancia compartida, después ellas toman rumbos distintos. En todo caso, no me cabe duda que las miles de escritoras que han escrito sobre cuatro mujeres vienen de ahí”.

–Las protagonistas de tus novelas siempre han sido mujeres, ¿hay una evolución en estas mujeres a través de los libros?

“No estoy de acuerdo con la pregunta en este sentido. Cada una de esas protagonistas o personajes son absolutamente distintas entre ellas, por lo tanto, cada una con su evolución distinta. No podría hablar de una evolución común de los personajes. En cada novela  invento de cero una persona que evoluciona o intuyo la evolución durante la novela. No hablaría de evoluciones colectivas”.

–Pero de alguna manera hablas de un tipo de mujeres, con características generacionales más o menos similares.

“No, a ver: la protagonista de ‘Lo que está en mi corazón’ tiene 30 años y ahí me aboqué a otra problemática, a otra mirada. En el fondo, me dices que son prototipos…

Nunca lo he pensado desde un punto de vista de una evolución global, porque como novelista invento un mundo cada vez y me atengo a ese mundo y no  hago líneas generales sobre los mundos en los que me meto. No lo he pensado así. Sobre que se refieran a voces de mujeres chilenas específicamente, me he dado cuenta que nosotras nos creemos tan específicas, sin embargo, como tengo lectoras mujeres y en países tan distintos, todas se identifican por igual. Quizá mis personajes, más que chilenas son mujeres universales, porque si no me cuesta entender que una mujer de Torino o de Venecia engancha con estos personajes con la misma fuerza que otra de Buenos Aires. En eso, tengo mis dudas sobre cuán chilenas serán”.

–¿Generacionalmente, puede haber una marca, un tipo de problemática?

“Claro, claro. Te digo que mi protagonista de mi libro anterior, que tiene 30 años, siempre está refiriéndose a su madre como una comparación. Escribo sobre lo que conozco, jamás me aventuraría  a escribir sobre lo que no manejo, me parecería una patudez. Me interesan los conflictos de mi generación, como espero que las de otras generaciones hablen de la de ellos. Por lo tanto, claro que las problemáticas planteadas son de mujeres que están en la mitad de su vida. Aunque siempre hay personajes jóvenes, siempre me interesa estar atenta a lo que les pasa a ellos, juego un poco con las generaciones”.

–En ese sentido, ¿cuál es la visión de las chilenas de tu generación hoy día?

“Media pregunta…, el tema  de la competencia intelectual entre hombres y mujeres es más fuerte en tu generación que en la mía… En la tuya, los hombres se ven mucho más amenazados, porque las mujeres están mucho más en el campo de ellos. En la mía, las que gozan de una cierta igualdad, por ejemplo, en la vida de pareja, es porque han elegido hombres muy específicos, no el común y corriente. Pero siento que al final, las preguntas básicas no son muy distintas”.

–En este libro, los hombres son flojos, abandonadores, acomodados al sistema, ¿por qué es así?

“En ese sentido me ceñí absolutamente al libro de la Alcott, pues el padre está siempre ausente y aparece sólo cuando está herido de la guerra, y las pobrecitas lo tienen que cuidar, o aparece enfermo en Washington donde hay que ir a cuidarlo. Siempre su presencia era de no presencia. Pero siempre idealizada o sentimental. Y los hombres de las mujercitas son insustanciales, el único personaje es Laurie, que es el equivalente a Oliverio en este libro, y él es mucho más débil que el Oliverio mío. Me lavo las manos en esta vuelta”.

–El libro se sustenta entre lo que piensan, sienten y las cavilaciones profundas de las mujeres, y podrías terminar el libro así, sin embargo, ocupas el recurso de situarlas en distintos puntos del mundo, como Uganda y Caracas, ¿es un pretexto?

“Es un pretexto interno, pero determinado por  las circunstancias. Si ha pasado toda la vida afuera, la mirada de Ada es distinta a la de Nieves, que está aquí. Todas las preguntas internas que nos hagamos van a tener una cuota de determinación de donde estemos. En el caso de mis mujercitas, me interesaba hacer la comparación entre mujeres en el mundo globalizado y las mujeres de la Alcott, y es evidente que hay una distancia”.

–Mencionaste en alguna entrevista el concepto de lo bueno, que es reflejado en el personaje de Luz en el libro, ¿piensas que ha existido una evolución en el concepto?

“Ojalá la haya, no me consta. Hoy somos más cuidadosas en utilizar la palabra, antes se usaba a destajo, lo bueno era lo que teníamos que hacer. Estudié en un colegio de monjas y en mi infancia, esa era la virtud fundamental. De todas las formas de enfrentar el ser mujer en el mundo entonces, lo vital era eso. Creo que mis hijas (tengo una de 22 y una de 16) han recibido el mandato de la bondad junto con muchos otros, como la  inteligencia o la fortaleza. Ahí hay un avance. Hoy la bondad es un anexo, no el centro. Porque la bondad pura al final ¿qué es? ¿Lo que nos dice el Evangelio? ¿Y si no estamos de acuerdo? Puede ser lo más subjetivo, pero la bondad en el caso de las mujeres lo encuentro muy ligado al sometimiento”.

–¿Cómo ves las problemáticas femeninas del Chile de hoy?

“Están cortadas por una gran línea, que es la educación y esa gran línea nos define cómo ser mujeres. De esa línea hacia arriba están las que han podido terminar el colegio, ir a la universidad, terminarla, y de esa línea hacia abajo están a las que no cuentan con esa educación. Siento que en este grupo último, las problemáticas son muy parecidas a las que había hace 50 años; en cambio, en las que tienen educación, el rol ha cambiado mucho, porque están insertas en el mundo. Por eso, cuando dicen la mujer de México, donde el 50% es población indígena, ¿de cuál estamos hablando? Ellas tienen muy poco que decir respecto a lo que sucede, sin embargo, si nos vamos de  la línea de educación hacia arriba, México tiene una importante cantidad de ministras, de presidentas de partido, de diputadas, senadoras, hay más lesbianas que en cualquier otro país de América Latina, entonces ¿de cuál mujer estamos hablando, de mis amigas o de las indígenas de Chiapas?, porque las realidades entre ellas son opuestas y son las dos mexicanas”.

— ¿Hay problemáticas de las mujeres que hayan sido superadas?

Del todo, ninguna.

–¿Cuáles son, según tu percepción, las grandes búsquedas de las mujeres?

“Ser persona, con todo lo que implica: ciudadana, trabajadora, madre, esposa, hijas, hermanas”.

–¿Crees que hoy se puede ser feminista? En este momento las apuestas parecen ser más personales que globales…

“¡Pero lógico! ¿Por qué no? Cuando hablo de feminismo, no hablo de movimiento, no tengo idea qué pasa en los movimientos. Me interesa lo que está en el  aire, y ahí hay una fuerza enorme de las mujeres y nos podemos ir para atrás. Y ¿qué significa ser feminista? Es ocuparse y jugarse porque la mujer llegue a una igualdad de derechos y a (esto le agrego siempre)   una diversidad. No estoy de acuerdo con las mujeres que quieren que se acabe la diversidad entre hombre y mujer. No quiero ser igual que un hombre por nada del mundo, quiero tener igualdad de derechos, que es distinto. Quiero compartir con un hombre. Eso está en el aire en todas las mujeres. Todas quieren acceder al poder, que no siga siendo masculino”.

-Tu personaje Ada dice que da más bonos ser escritora que lectora, ¿eso tiene que ver contigo?

“Sí, pero a esta altura tengo ganada una parte y, claro, como la lectura no tiene suficiente prestigio, debo decir que estoy escribiendo. Pero también fue muy difícil lograr que respetaran mi decisión de escribir, y lo digo en ámbitos bien cotidianos y prácticos. Mi primer libro lo escribí en una galería que había en la casa y me abrían la puerta 20 veces, todo el mundo paseaba por ahí. Pelée mucho para conquistar el derecho que tengo ahora de decir ‘me voy al campo a escribir’. Fue lento y con sudor y sangre y el tenerlo hoy día me parece un lujo”.

–Tanto tú como Isabel Allende han tenido que enfrentarse a un montón de perosde la intelectualidad chilena, ¿cómo has ido enfrentando eso?

“Ya no me importa, creo que ha cambiado mi actitud, no el entorno. Lo miro con un poco de benevolencia y me digo ‘¡por Dios, que es difícil para las mujeres hacer las cosas, qué salvaje!’ O sea, ni siquiera tienes derecho a tener lectores, porque si los tienes quiere decir que los lectores son idiotas, que las escritoras son idiotas. Es una más de nuestras peleas”.

–¿Qué ha significado para ti el tema del éxito?

“No fue de repente. Recién con mi tercera novela empecé a tener lectores fuera de Chile y de alguna forma me había acostumbrado a tener lectores acá. Claro que debo reconocer que ha sido rápido si miro para atrás. No lo viví como una cosa explosiva. En algún momento me complicó, tuve la crisis de enfrentar el éxito con esta tercera novela, cuando empecé con las giras internacionales, me costó remirarme como la que he sido siempre porque los demás empezaron a mirarme de otra manera, eso fue lo difícil. Había que readecuar las relaciones, los afectos, pero eso ya pasó. Y hoy vivo en la profunda serenidad con esto, no me creo ningún éxito ni ningún cuento, y si me saco un premio, que cosa más rica, pero no me voy a cortar las venas por eso. Me parece maravilloso poder escribir y tener lectores y no pido nada más”.