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Carlos Monsiváis, el grafómano incurable

Por Víctor Barrera Enderle
El primer fin de semana de abril de 2010 ocurrió algo inusitado en la prensa mexicana. Por primera vez, en casi cincuenta años, no apareció un artículo de Carlos Monsiváis. Una complicación respiratoria lo había obligado a internarse en una clínica. No puedo afirmar que la noticia nos tomara por sorpresa: hacía unos meses que sabíamos de su problema y de la causa: la infinidad de gatos y libros viejos que poblaban su hogar. Sin embargo, la sensación no dejó de ser extraña. Monsiváis ha sido uno de los principales testigos del caótico México contemporáneo. El hueco que ha dejado en la prensa no hace sino remarcar su presencia.
No sería arriesgado afirmar que con la obra de Carlos Monsiváis se abre un nuevo capítulo en la literatura y la cultura mexicanas; sin embargo, tal afirmación precisaría varios alcances. Una pregunta surge al vuelo: ¿cuál es el elemento que hace distinta la obra de este grafómano incurable? Para poder ensayar una respuesta, necesitaríamos primero ver qué sucedía en esos dos reinos otrora consagrados por un adjetivo determinante: “alta”. Antes de Monsiváis se hablaba de “alta cultura” y la literatura era una elegante manifestación de ella, el salón bien iluminado donde habitaban los grandes escritores. Pero en ese punto también se requiere de una precisión mayor.
Resulta entonces que para poder hablar de Carlos Monsiváis se precisa mencionar también el espacio de su escritura: México (si fuéramos más precisos, tendríamos que decir la Ciudad de México: él es el último escritor “centralista” de esta nación), pues autor y país mantienen un  diálogo continuo y cambiante, en una peculiar crónica que podría resumirse de la siguiente manera:
–1938 (4 de mayo), Monsiváis nace en el  momento cumbre del proceso de urbanización de la vida nacional. La revolución mexicana ha abierto la posibilidad para la aparición de un nuevo personaje en la vida pública: las masas. La peculiar modernización azteca apuesta por el desarrollo industrial y urbano como vía para la prosperidad. La ciudad (en este caso, la Ciudad de México) es el espacio que concentra los pocos y sospechosos beneficios de tal proceso. El campo se empobrece y grandes cantidades de campesinos arriban a la urbe en busca de un mejor futuro. Con su arribo, la ciudad se transforma y se desborda a sí misma. Las masas transforman las relaciones entre el Estado y la Nación. El Estado necesita urgentemente incorporar a las masas  a su discurso político y hacer que ellas se reconozcan en él. Si durante el siglo XIX la literatura había sido un vehículo para la formación y consolidación de la identidad mexicana, durante las décadas del treinta y cuarenta del siglo XX son la radio, el cine  y la prensa masiva (la historieta, el folletín) los medios para consolidar la identidad nacional. Los boleros de Agustín Lara, las películas del “Indio” Fernández, las historietas de Gabriel Vargas forman parte sustancial de la educación sentimental de las clases medias y  bajas de los principales centros urbanos del país. A través de ellos se aprende masivamente  los comportamientos y el lenguaje de la nueva vida urbana. La primera escuela de Monsiváis está en las calles.
–1958. A los veinte años, el joven Carlos accede a la vida cultural de la capital mexicana. En el ámbito literario, es un año de ruptura. Carlos Fuentes publica la “Región más transparente” y convierte a la ciudad en protagonista, o mejor dicho, hace de la urbe un texto (un palimpsesto). La generación de Monsiváis (José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Elena Poniatowska) es la primera que ingresa en el campo de letras de manera más desenfadada: ellos no repiten los rituales de iniciación de las promociones anteriores (no buscan padrinos ni se subordinan a las instituciones públicas, otrora principales mecenas de los escritores y artistas).  El acceso de las clases medias a la educación superior y el paulatino y todavía incipiente desarrollo de las industrias culturales (editoriales,  medios masivos de comunicación) permiten a escritores como Monsiváis conquistar una  relativa independencia.
–1968. Tras una década de transformaciones, la sociedad mexicana demanda una representación más horizontal. Por primera vez en la historia, los reclamos por la consolidación de una democracia se hacen públicos. Esta es la detonación de la transformación mayor en la escritura de Monsiváis; hasta antes del 68, el autor de “Aires de familia” se había distinguido como un escritor original (lector avezado de Walter Benjamin, Franz Fannon y Susan Sontag), pero, a partir de la tragedia de Tlatelolco, su obra describe el nacimiento y posterior  derrotero de un personaje que había permanecido silenciado en la vida moderna de México: la sociedad civil. “Días de guardar” (1970) es, en ese sentido, un libro único (sólo comparable con “La noche de Tlatelolco”, de Elena Poniatowska) que fusiona el ensayo (género fundamental de la literatura latinoamericana: allí se han formulado las principales inquisiciones existenciales: ¿quiénes somos? ¿cuál es nuestra condición?) con la crónica (expresión hegemónica de la vida urbana moderna) para desacralizar nuestra historia, nuestra política y confrontarla con la realidad inmediata.
–1976. Tras el esquizofrénico sexenio de Luis Echeverría (que pregonaba en el exterior un discurso socialista y al interior mostraba las garras contra cualquier movimiento social), se inicia un largo periodo de crisis (el golpe al periódico “Excelsior”, el inicio de las devaluaciones monetarias, el auge de la corrupción). “Amor perdido” (1977), serie de crónicas sobre personajes populares,  muestra el cambio de paradigma en la vida cultural del país. Los otrora llamados subgéneros literarios (la novela negra, la novela testimonial, el reportaje, la misma crónica)  cobran mayor importancia, o mejor dicho, son revalorados como expresiones de una literatura cada vez más heterogénea. La escritura de Monsiváis empieza a ser interpretada de manera distinta. Nuestro autor comienza su particular proceso de “institucionalización”.
–1985. El terremoto de septiembre demuestra una realidad irrebatible: la sociedad civil  sobrepasa a las autoridades como agente para la reconstrucción. ¿Fue un augurio? Sin duda. El régimen priísta comienza su debacle. Para ese momento (ante el silenciamiento oficial de la mayoría de los medios de comunicación, las interminables disputas por el poder interpretativo entre  intelectuales de izquierda y derecha, y la petrificación rutinaria de la crítica académica), Monsiváis  es la referencia indiscutible. El primer lector de las transformaciones; el primero también en hacer de la práctica, teoría.  Su estrategia: describir e iluminar las profundas imbricaciones entre sociedad y cultura (en todos los niveles), entre ética y estética. Monsiváis descubre los intrincados procesos de significación entre los nuevos actores sociales y las novísimas voces literarias. A la hora de revisar históricamente esa época, la primera referencia será “Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza” (1987).
–1994. Este año representa un parte aguas en la historia mexicana reciente. El movimiento zapatista, el desprestigiado fin del sexenio salinista, el asesinato de Colosio, el “error de diciembre”. Los viejos esquemas se derrumban. La Nación –diversa, heterogénea– demanda un nuevo modelo de Estado. La cultura se confirma como un espacio de resistencia ante los embates del neoliberalismo globalizado. Monsiváis denuncia las estrategias de las nuevas formas políticas: la privatización de los asuntos públicos y la conversión de los intereses privados en asuntos públicos. Sus ensayos dan cuenta ahora de los que “no tenían voz”: los grupos indígenas, las mujeres, las comunidades gays, etc. Su escritura (pienso en obras como “Los rituales del caos”, de 1995) es una forma de equilibrar la igualdad respetando las diferencias.
–2000-2010. Las promesas del cambio democrático se han postergado, la intolerancia asoma de nuevo, las conquistas de la sociedad civil se tambalean ante la paulatina eliminación de la categoría de ciudadanía. Frente a la mediación de la realidad, Carlos Monsiváis  ha opuesto la revisión histórica (“Aires de familia”, en 2000; “Las herencias ocultas de la Reforma Liberal del Siglo XIX”, en 2006, y “Las alusiones perdidas”, en 2007), su pericia en la exposición mediática (es sin duda un personaje público, tal vez el último escritor reconocido ampliamente) y la apuesta por la opinión pública como espacio para mediar entre los intereses políticos y privados y las demandas sociales.
He aquí, pues, la respuesta. Lo que ha distinguido a la obra de Carlos Monsiváis es su intuición, esa extraordinaria habilidad para dar cuenta de las transformaciones que estaban por venir. Él ha sido lo que el Estado mexicano no ha podido ser todavía: el gran interlocutor de la diversidad cultural  de ese país. Su vida y su obra son la gran crónica de la historia popular mexicana reciente. La gran narración de cómo la cultura dejó de habitar en los libros para irse a vivir a la calle, junto a la gente sencilla.