Ballet de Santiago

Breve historia del Ballet de Santiago: Más de medio siglo de pasión

En 1958, varios bailarines de distintas compañías deciden unirse para perseguir un sueño.  Octavio Cintolesi, líder de ese grupo, al que bautiza Ballet de Arte Moderno (BAM), consigna en un artículo:
“Transpirando de ocho a diez horas diarias en un subterráneo para algo que aún no sabíamos si se haría merecedor a la ayuda que permite materializar una posición estética, una fe, en un escenario… Pero había algo más fuerte que las esperanzas. Era la necesidad irrenunciable de expresarnos por medio de nuestro arte en la forma como nosotros lo entendíamos. Estábamos decididos a bailar en las calles, aunque fuese sin música ni decorados. Considerábamos imperioso integrarnos a las fuentes, a la tradición clásica para, nutriéndonos de ellas­, extraer una expresión realmente contemporánea, activar la búsqueda de un modo nacional y americano. Como base, montamos tres obras de distintos estilos e intenciones. La primera nos remontaba a la tradición, la segunda representaba el camino intermedio hacia las expresiones actuales del ballet, y la tercera era la representación íntegra de una forma moderna”.
Afortunadamente, no hubo necesidad de salir a la calle ya que tanta pasión y talento se hicieron notar y muy luego la Municipalidad de Santiago  invitó al BAM a integrarse como compañía residente del Teatro Municipal con el compromiso de realizar temporadas de ballet y colaborar con la ópera.
PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
“Tuvimos teatro, orquesta, sala de ensayo y una primera subvención de mil quinientos escudos para dar realización a medio año de labor. Era julio de 1959… Pese a la juventud del grupo, el fin de ese primer año nos encontró con unas cincuenta funciones realizadas y una participación en la Temporada Lírica Oficial. Gran parte de esas funciones tuvieron la calidad de extensión artística en sindicatos y poblaciones”, sigue narrando el gran coreógrafo y bailarín chileno, quizás sin sospechar que en estos párrafos estaba sentando los dos principales fundamentos de la que llegaría a ser la compañía más importante de Latinoamérica. Uno, su versatilidad, que le permite ir de la pureza y virtuosismo académicos a la línea rupturista e investigativa del ballet contemporáneo; y el otro, la gran labor de difusión a lo largo de todo Chile y también de otros países.

El éxito acompaña a la agrupación durante la década de 1960, permitiendo la creación de  un versátil repertorio, un  buen programa de extensión a regiones y el desarrollo de un alto nivel artístico, pero a principios de los 70 se inicia un período de deterioro que lleva finalmente al estancamiento del conjunto. Octavio Cintolesi deja Chile y a su regreso, en 1979, intenta una recuperación, sin embargo, el desgaste sufrido exige medidas más drásticas.
En 1982, Ivan Nagy y su esposa Marilyn Burr asumen la dirección artística del Ballet del Teatro Municipal, ex BAM.  El artista húngaro, una de las grandes figuras del American Ballet Theatre, trae ambiciosos objetivos y toda la fuerza de sus convicciones para alcanzarlos. Afortunadamente, estos objetivos coinciden con los que habían sustentado al BAM,  cuyo espíritu se ha logrado mantener gracias a la gestión de Luz Lorca, una de sus integrantes, quien se hace cargo de la compañía en más de una oportunidad y luego colabora estrechamente con  la mayoría de sus directores, especialmente con Ivan Nagy y Marcía Haydée, retomando y transmitiendo la energía generada por Cintolesi.
Nagy reestructura el conjunto, incorpora bailarines de distintas partes de América y del mundo e implanta una férrea disciplina. También invita a importantes coreógrafos y maestros para desarrollar y fortalecer el nivel técnico e interpretativo de la agrupación, y a famosas estrellas que comparten su arte con ella,  como Marcia Haydée, Natalia Makarova, Richard Cragun, Fernando Bujones y Julie Kent.
Gracias a un excepcional grupo de primeras figuras y a un cuerpo de baile de extraordinaria riqueza expresiva, el conjunto puede responder al aporte de creadores como John Cranko, Vicente Nebrada, Ben Stevenson, Ronald Hynd, Jack Carter, Kenneth MacMillan, George Balanchine, André Prokovsky y muchos más.
Esto lo prueba no sólo en Chile, sino también en Uruguay, Argentina, Perú y Estados Unidos, donde en 1986 obtiene un impresionante triunfo de crítica y de público nada menos que en el City Center de Nueva York, centro de la danza por excelencia. Al regresar de esta histórica gira, la compañía cambia su nombre a Ballet de Santiago.
Ese año, considerando cumplida su tarea, Ivan Nagy y Marilyn Burr dejan su cargo y algunos artistas internacionales se suceden en la dirección, entre ellos, Dennis Poole e Imre Dosza.
En 1992, bajo la dirección de Luz Lorca, el Ballet de Santiago cumple otro hito al actuar por primera vez en Europa.  La ExpoSevilla y la Temporada de Verano del Teatro de la Opera de Budapest son testigos del inusitado revuelo que provoca este joven conjunto con su cálida y efervescente personalidad.  La misma que años antes había conquistado a Marcia Haydée, una de las más grandes bailarinas actrices del siglo XX, quien en 1993 decide compartir  la direccón de las compañías de Santiago y de Stuttgart. Una de sus primeras gestiones es llevar al Ballet de Santiago a la ciudad alemana, cuyo exigente público se deja cautivar por el carismático conjunto.
Luego de un intenso período, Haydée opta por regresar a Europa y en 1996, Ivan Nagy y Marilyn Burr retoman la dirección. Con la compañía ya consolidada, fortalecen el programa de giras a regiones y comienzan la recuperación del repertorio. En esta etapa, Nagy cumple varios objetivos muy importantes: envía a Pablo Aharonian a Londres a estudiar coreología, una disciplina desconocida en Latinoamérica e imprescindible para el fiel remontaje de las obras; trae a Natalia Makarova para que monte su versión de “La bayadera”, cumbre del ballet clásico; y obtiene los derechos de “Manon”,  de  Kenneth MacMillan, con lo que  el Ballet de Santiago se convierte en la primera y única compañía latinoamericana que posee los derechos de dos de los más grandes coreógrafos del ballet teatro: John Cranko y Kenneth MacMillan.
Gracias a este último logro, en octubre de 2006, Julio Bocca puede cumplir un sueño: antes de dejar la danza, el artista argentino quiere agasajar al público bonaerense con “Manon” y para ello invita a la gran bailarina italiana Alessandra Ferri y al Ballet de Santiago. Las presentaciones constituyen un acontecimiento artístico muy destacado por toda la prensa trasandina y es recibido con emoción por los balletómanos latinoamericanos.
Cuando, en 1999, Nagy y Burr regresan a su hogar en Mallorca, el colombiano Ricardo Bustamente se hace cargo de la compañía.
En 2004, Marcia Haydée, quien ha dejado la dirección del Ballet de Stuttgart, decide instalarse en Santiago para  continuar su idilio con el conjunto chileno y en poco tiempo logra concretar otro importante desafío: el debut en la Bienal de Danza de Venecia 2005 con “Cuerpos pintados y los pájaros de Neruda”. Una vez más, el talento y la especial energía de los bailarines se impone, llamando la atención no sólo del público sino también de prominentes críticos internacionales.
Actualmente, siempre liderado por Marcia Haydée, el Ballet de Santiago sigue creciendo, lo cual puede medirse por las invitaciones que recibe para participar en eventos tan importantes como las Olimpiadas de China, mientras sus principales figuras actúan en escenarios tan consagratorios como el Teatro Bolshoi.
En cuanto a la difusión, su labor de extensión ya sobrepasa  las cien funciones al año y sus actuaciones han atraído a varios talentos de regiones.

Escuela e identidad

Toda compañía de repertorio que se precie tiene una escuela asociada
donde se forman sus futuros integrantes. A la luz de ese concepto, en
1960 y bajo la dirección de Irena Milovan, se funda la Escuela de Ballet
del Teatro Municipal, cuyo objetivo principal es preparar bailarines para
el BAM. A través de los años se van aplicando distintos métodos de
enseñanza destinados especialmente a desarrollar la técnica académica
y, poco a poco, el plantel se convierte en un efectivo semillero hasta que
en la década de los 70 vive un proceso de estancamiento similar al de la
agrupación.

A principios de los 80, para crear intérpretes que se adapten al nuevo
repertorio y en la certeza de que la identidad de la compañía sólo puede
nacer en la escuela de ballet, Ivan Nagy reestructura este plantel y lo
deja a cargo de Luz Lorca. Se trabaja entonces en la aplicación de un
método que por primera vez toma en cuenta la anatomía del niño
chileno, su cultura y su idiosincrasia, rescatando de los diferentes
sistemas (ruso, francés, inglés, italiano) lo que mejor se adapte a estas
características.
Además, junto con la técnica académica, al programa de estudios se agregan disciplinas como la danza de carácter e histórica, el pas de deux, las puntas, el vocabulario técnico, y también canto, teatro, música,

tap y kinesiología. Esta intensa preparación busca que en el futuro los
alumnos puedan integrar cualquier compañía profesional, como es el
caso de Lidia Olmos, Natalia Berríos o Rodrigo Guzmán, actualmente
primeros bailarines del Ballet de Santiago; o de César Morales, Paola
Hartley, Miroslav Petric o Fernando Moraga, que triunfan en conjuntos
extranjeros.

En estos momentos, el plantel es dirigido por Patricio Gutiérrez y cuenta
con cerca de 450 estudiantes, entre ellos un gran número de varones, lo
que destaca como uno de los logros más importantes de los últimos años.
Desde su reestructuración hasta hoy, también ha desarrollado una
extensa difusión, tanto en Santiago como en regiones, atrayendo a
muchos talentos a sus aulas. En 2002, esta labor se intensifica gracias al
proyecto Escuelas Adjuntas, nacido para apoyar el trabajo académico y
artístico de los profesores. En este convenio han participado las
instituciones de ballet de Puerto Varas, Antofagasta, Osorno, Padre
Hurtado, Curanilahue y Cabildo.

Y dentro de su vinculación con el Teatro Municipal, la escuela continúa
con su activa participación en las producciones del Ballet de Santiago, en
la Temporada de Ópera y en el Abono Infantil, instancias que dan al
alumnado la inapreciable oportunidad de experimentar en vivo la que
será su profesión.

Repertorio
  El pilar  fundamental  

Siendo la danza una de las artes más efímeras, su intérprete debe poner
en marcha un complejo entretejido, donde conceptos como energía,
intensidad, tiempo, fluidez, modulación, gesto, espacio, armonía, fraseo,
tensión se fundan y plasmen en una expresión que trascienda el impacto
del virtuosismo técnico y permanezca en el espectador como una
experiencia sensorial-espiritual inolvidable.

Por ello, la formación de un bailarín es un largo camino donde la
enseñanza de rutina va estrechamente ligada a la investigación y
exploración, tanto del aparato expresivo físico como de la manifestación
del yo interior. Porque sólo así podrá pulsar los resortes adecuados en el
momento preciso para transmitir a cabalidad la coreografía.

En este entendido, uno de los pasos fundamentales para lograr la
consolidación del Ballet de Santiago iniciada por Cintolesi, dados por
Ivan Nagy y Luz Lorca primero y por Marcia Haydée después, es la
formación de un repertorio que se erige como uno de los más completos
y variados que pueda tener una compañía y, sobre todo, como la base
fundamental de su constante crecimiento y solidez. Especialmente
porque se ha cuidado que cada obra sea montada por su propio creador
o por un especialista en ella, lo que ha permitido aprehenderla y
atesorarla en toda su riqueza.

Así, para fortalecer las técnicas y estilos bases de la tradición, se
abordan obras imprescindibles del repertorio clásico (“El lago de los
cisnes”, “Don Quijote”, “La bella durmiente” o “La bayadera”),
del ballet romántico (“La sylphide” o “Giselle”) y también de coreógrafos
contemporáneos que han marcado un hito en el arte de cautelar la
excelencia académica, como “Etudes”, de Harald Lander, un desafío
casi imposible de virtuosismo técnico; y “Serenade”, de George
Balanchine, otro gran reto por su estricta sujeción a la pureza estilística.

Un aspecto muy destacable de este programa es la incorporación de
coreografías que aportan una nueva calidad dinámica y expresiva de
movimiento, lo que permite madurar la entrega artística y la versatilidad
de la agrupación. Ello se logra a través de piezas de las más distintos
índoles, como el desgarrador drama “Un tranvía llamado deseo”, de
Mauricio Wainrot; el envolvente “Bolero”, de Maurice Béjart; la

pasional “Carmen”, de Marcia Haydée; el ancestral “Los fuegos del
hielo”, de Jaime Pinto sobre música de Congreso; el dinámico “30 Tr3s
Horas Bar”, de Eduardo Yedro y Los Tres, o las muy personales piezas
de Hilda Riveros (“El reto”, “Evasión”, “Violeta…s”) y Vicente Nebrada
(“Nuestros valses”, “Doble corchea”).

Tanto ellas como “La fiereciila domada” y “Romeo y Julieta”, de John
Cranko; “Anna Karénina”, de Andrés Prokovsky; “Rosalinda”, de
Ronald Hynd, o “Manon”, de Kenneth MacMillan, encauzan dos de los
rasgos más caracterísicos y atractivos de este conjunto: su arrolladora
personalidad escénica y su irresistible carisma.