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“El arte de la resurrección” revive al Cristo de Elqui

Hernán Rivera Letelier 

El antipoeta Nicanor Parra se adelantó y escribió “Sermones y prédicas del Cristo del Elqui”, que recoge las peripecias místicas y demagógicas de este popular personaje.

 

Por William Haltenhoff

A pocas semanas de ingresar al mercado, “El arte de la resurrección”, la última novela de Hernán Rivera Letelier, (Talca, 1950), que ganó la última versión del Premio Alfaguara de Novela, dotado de 129.279 euros, ya está al top de los libros más vendidos. Esta vez el autor de “La reina Isabel cantaba rancheras” (1994) narra la historia de la segunda venida de Cristo durante la primera mitad del siglo XX a la zona que tanto conoce: las salitreras del norte.

El arte de la resurrección”, presentado bajo el seudónimo Manuel Madero y que concursó junto a 539 obras provenientes de varios países latinoamericanos, narra la vida de Domingo Zárate Vega, nombre verdadero de El Cristo de Elqui, quien existió en el norte de Chile en los años 20 del pasado siglo. Dicen algunas crónicas que fue un dilapidador de una fortuna que heredó de un hombre acaudalado.

Hernán Rivera Letelier recordó que fue su madre la primera persona a la que oyó hablar del Cristo de Elqui, un personaje que fue apareciendo en varias de sus novelas hasta alzarse con el papel protagonista en “El arte de la resurrección”. “Venís más descachalandrao que el Cristo de Elqui”,  fueron las palabras de su madre una vez que venía sucio y desastrado de jugar en ese desierto que para el escritor fue su patio de juegos y su territorio mítico: “El desierto de Atacama es mi Comala, mi Macondo, mi Santa María”, dijo al recibir su premio.

No es primero vez que este escritor nortino gana un premio, ya su primera novela “La reina Isabel cantaba rancheras”, con la cual debutó en el género,  obtuvo el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, galardón que volvió a ganar dos años después con el libro “Himno del ángel parado en una pata”.

MESIAS NORTINO

Domingo Zárate Vega, cual Zaratustra criollo, se retiró del mundanal ruido para bajar desde las montañas coquimbanas en condición de profeta portador de grandes verdades que deseaba difundir. Para muchos, solo fue  un impostor que supo mezclar principios canónicos del cristianismo más purista, con el tono del clásico profeta autoproclamado. Retirado de su trabajo evangelizador murió en 1971.