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¿Hay en Chile un trato preferente a los artistas y creadores? ¿Existen hoy en América Latina políticas públicas o una cultura que permitan tal afirmación?


A propósito del trato preferente en Chile a sus artistas y creadores
ESTAMOS EN UN TIEMPO DE CRETINOS
Faride Zerán

¿Hay en Chile un trato preferente a los artistas y creadores? ¿Existen hoy en América Latina  políticas públicas  o una cultura que permitan tal afirmación?

En una primera instancia podríamos pensar que existen, si  asumimos los fondos concursables del Estado, al menos en el caso chileno, destinados a estimular las obras de cineastas, escritores, actores, dramaturgos, artistas plásticos o directores de televisión,   los que sin duda representan un aliciente concreto para la creación, como también los premios y distinciones que se entregan para estas áreas.

Más aún, y dentro de la lógica de mirar la mitad llena del vaso en el balance de dos décadas de gobiernos de la postdictadura, deberíamos recordar como un hito que luego de más de una década de debate y discusión en comisiones asesoras presidenciales se creara finalmente el  Consejo Nacional de la Cultura, que centraliza una parte importante, no toda, de los organismos e instituciones que  tienen que ver con el patrimonio y la difusión cultural.

Así las cosas, y manteniendo la interrogante acerca del trato preferencial a los artistas, creadores e intelectuales, podríamos argumentar también que somos el único país que tiene a su haber dos premio nóbeles de literatura, y un par de candidatos más.

Y que cuando viajamos por el mundo nos enorgullece ver a varios de nuestros escritores traducidos a distintos idiomas, cuyos libros son expuestos profusamente en kioscos de aeropuertos y librerías.

Sin embargo, la otra mitad del vaso, aquella que siempre miramos quienes asumimos el talante disidente como una forma de ejercer nuestra ciudadanía cultural a plenitud, es que en Chile la cultura sigue siendo la quinta rueda del carro, aún cuando en ocasiones -sobre todo electorales – los candidatos de turno acudan a los artistas, creadores e intelectuales como carta de validación.

Porque en materia de institucionalidad cultural, lo que emergió de la transición no fue un  Ministerio de la Cultura con presupuesto propio y políticas de Estado para el fomento de las distintas áreas,  sino un Consejo-con rango ministerial- que dependiendo de quien lo encabece puede darle mayor o menor densidad a los criterios de asignación de recursos concursables.

Porque no es lo mismo financiar la ruta del vino, o la fiesta del salmón de exportación que fomentar la expresión y difusión de nuevas manifestaciones artísticas y culturales, muchas veces fuera del canon imperante y que trasgreden los discursos oficiales.

Hace unos años un querido escritor recientemente fallecido me señalaba en una entrevista que la cultura en Chile era un adorno prescindible. –El gran problema, decía Alfonso Calderón, a quien desde aquí le rindo homenaje- es que se ha perdido la relación entre el habla del país, que ha quedado en  manos de los economistas, los ideólogos y en su momento los militares, y el diálogo de la gente común.

Estas palabras de Alfonso Calderón adquieren especial sentido cuando analizamos la afasia del mundo cultural en el debate público, en la conversación cotidiana y en los medios de la comunicación.

No voy a profundizar en el tema de la televisión y el rol que en ella juega la cultura, y menos en la ausencia de programas culturales en la parrilla programática de todos, incluyendo TVN.

Sólo baste recordar el reclamo del Consejo Nacional de Televisión para que los canales de señal abierta cumplan con la norma, la ridícula norma de transmitir a lo menos una hora a la semana programación cultural. Casi todos cumplen, de acuerdo con los cánones actuales de cultura: desde el programa con el veterinario que nos enseña a cuidar a nuestras mascotas, al concepto de cultura entretenida donde cabe, como cajón de sastre, todo menos la creación artística o la reflexión literaria o intelectual.

Por ello a la hora de interrogarse sobre el trato preferencial que recibirían en Chile nuestros artistas, creadores e intelectuales, vale la pena analizar dónde circulan sus discursos. ¿En qué medios de comunicación? ¿En cuántos programas radiales? ¿En cuantas revistas culturales?

En un país de creciente concentración económica e ideológica de los medios de comunicación, donde cada cierto tiempo se vetan por sus ideas u obras a determinados personajes, en el que la palabra cultura es sinónimo de ladrillo y de baja lectoría, rating o sintonía, el modelo que emerge es el de la farandulización.

Y no me refiero a aquellos  que literalmente cultivan ese género, sino a quienes investidos en la promoción del “debate cultural” nos pasan a diario gato por liebre.

Gabriela Mistral, hoy estás en el tapete y por primera vez aparece recurrentemente en las páginas de los escasos diarios o en los noticieros centrales. El motivo no es el  resdescubrimiento de su obra, una obra desconocida aún en el país, tanto en sus ensayos como en sus poemas centrales.

No, la razón es otra. Se trata de su sexualidad. Lo que en un país con densidad cultural puede ser un detalle o una anécdota, la Mistral apasionada en una relación lésbica, hoy se transforma en una estrategia de marketing que se agota en su fin.

De las cajas con miles de papeles que se donó con bombos y platillos a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, institución que tiene la misión de difundir el legado cultural del  creador y creadora, lo primero que circula es la correspondencia íntima que da cuenta de su condición sexual, como si ella  fuese más importante que su obra .

Esta farandulización del espacio cultural, tiene su correlato en los rating de lectoría elaborados por las grandes casas editoras.

Sin duda el libro con las cartas de la Mistral será el más vendido, junto a los de autoayuda, vampiros y otros temas que dejan fuera del circuito a un Chile profundo, creador y crítico , condenado al silencio  y marginado, como lo fueron en su tiempo la propia Mistral, de Rokha, Droguett, Alfonso Alcalde, y tantos y tantas otras.

No, en Chile no existe un trato preferente para sus artistas, creadores e intelectuales, como tampoco existe una educación pública que garantice la calidad formativa y el derecho a la educación para todos. Ni tampoco universidades del estado robustas.

Porque hoy , ad portas del bicentenario, las universidades del estado claman para que les suban el aporte de un doce por ciento anual, aproximadamente, a un cincuenta por ciento.

Esta aniquilación de la educación pública en todos sus ámbitos explica no sólo el origen de las desigualdades sociales desde la cuna, o  los índices de analfabetismo funcional, en nuestro país, más de la mitad de la población no entiende lo que lee.
También la creciente precarización del rol del intelectual en nuestra sociedad.

Cooptados por el Estado o por los centros de pensamiento de universidades privadas, léase del Opus dei, Legionarios de Cristo o de partidos políticos de distinto signo, en su mayoría conservadores, la figura del intelectual público, aquél que desde la academia o de un espacio de independencia asumía los valores libertarios, laicos y republicanos es percibida en franco descenso en nuestro país.

Actualmente resulta impensable debates del estilo del que iniciara  Manuel Antonio Garretón a propósito del icberg de Sevilla, la representación blanca, fría y sin memoria que hizo Chile de si mismo a propósito de los 500 años del descubrimiento de América.  Menos, el originado por Tomás Moulián, con su libro “Chile actual, anatomía de un mito”, donde evidenciaba las falencias, fracturas y traiciones de la transición.

Figuras como las de Martín Hopenhayn, con sus observaciones agudas sobre la modernidad , o de Ana Pizarrro , Grinor Rojo, Sofía Correa , Elicura Chihuailaf y tantas otras que animaron el incipiente debate intelectual de la transición hoy no tienen visibilidad y no sabemos de sus relevos.

Pero en la sequía nos llegan los ecos del discurso ramplón sobre el estado de la nación y el recambio electoral pronunciado por economistas y operadores políticos, junto a los pormenores de la apología milica que hace TVN en su horario prime con “Pelotón”, y otras perlas de la pantalla chica.

¡Hay falta de alma y falta de ideas¡ como decía Vicente Huidobro en su Manifiesto Patriótico de los años veinte.

Y falta de políticas, agrego como corolario a esta reflexión.
Concretamente, de políticas públicas que proyecten al país a una dimensión más allá de la coyuntura. Porque la creación de las obras del espíritu , tanto como la investigación  o la educación, necesita tiempo, como señalaba el ex Ministro de Cultura Jack Lang.

El tiempo cultural, educativo, científico es un tiempo largo.
Los imbéciles , que se imaginan que todo puede ser reducido al provecho inmediato creen que sólo es necesario apretar un botón para que se cree una obra , que se forme un niño, que se cree una película. ¡¡Es un cretinismo absoluto¡¡, decía,  Lang, y yo concuerdo con él y agrego que me temo que estamos en un tiempo de cretinos.